
Tras el asesinato en febrero de 2005 del primer ministro libanés, Rafik Hariri, Líbano no ha conocido la estabilidad, han sido dos años llenos de sobresaltos iniciados con la revolución de los cedros de marzo de 2005 y finalizada con la irrupción del grupo salafista, vinculado a Al-Qaeda, Fatha Al-Islam en los campos de refugiados palestinos a finales del pasado mes de mayo.
Sin embargo, el episodio más lamentable que ha vivido el país en este convulso periodo ha sido la guerra librada el verano pasado por Israel y Hezbolá con el sur del país y su capital, Beirut, como principales escenarios. Un conflicto que, sin vencedor claro, ha devuelto a los años más sangrientos de la guerra civil a una población atemorizada por los constantes atentados que se cobran la vida de líderes políticos vinculados con los movimientos antisirios.
Líbano es un complejísimo mecano compuesto de numerosas piezas y en el que diversos actores internacionales pretenden influir. Por una parte EE.UU y Francia, en su condición de antigua metrópoli, apoyan sin reservas al gobierno del prooccidental primer ministro, Fuad Siniora. Por otra parte, Irán y Siria poseen unos lazos muy estrechos con la milicia Chií Hezbolá y con su líder Asan Nasralá, por representar éstos el modelo de sociedad que más comulga con su visión del mundo.
Y por si todo esto no fuera suficientemente complicado, Fatha Al-Islam emerge como un nuevo grupo de poder suní y proclive a Osama Bin Laden. Las consecuencias que se pueden derivar de este explosivo cóctel son impredecibles, Siria, Irán, Irak, EE.UU, Francia, Israel, Hezbolá y Al-Qaeda juegan sus bazas sobre el tablero libanés ante la desesperación de un Siniora incapaz de obtener ningún compromiso firme de sus supuestos aliados occidentales ya que éstos, debido a su invariable unión con Israel, no pueden garantizar la seguridad del sur de Líbano frente a una nueva incursión israelí en respuesta a nuevas acciones de los hombres de Nasralá.
Líbano es una pieza clave para pacificar oriente próximo, sin embargo, hoy por hoy, sus líderes políticos son incapaces de garantizar que los acuerdos que suscriban podrán ser llevados a la realidad ya que ninguno de ellos es capaz ni de controlar el terreno ni las fuerzas que convergen en el universo libanés.





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